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Sí, ya sé que a ti te gusta más Peter Pan.
Pero ya sabes que yo creo que te equivocas, que ese niño viejo
y ñoño, más calculador que Campanilla, menos capaz
que Garfio de la pasión, nunca habría escogido tus alas
para volar. Por eso, aunque Wendy siga formando parte del -nada ligero,
por cierto- equipaje sentimental que una vez te animó a intentar
escribir la canción más hermosa del mundo, me voy a atrever
a proponerte un personaje distinto. Los dos sabemos que no hay mejor sombra
que la de un limonero, y que sus ramas esparcen más libertad que
la estatua que vigila a los neoyorquinos. A su amparo, te regalaré
una historia estupenda, que naturalmente no es mía, pero que muy
bien podría ser tuya.
Ella se llamaba Fanny Osbourne, era joven, hermosa, y estaba mal casada.
Por eso había abandonado su hogar conyugal de California para viajar
por Europa, con el pretexto de educar a su hijo. En el verano de 1876
llegó a un pequeño pueblo francés, llamado Grez,
donde veraneaba una selecta colonia de intelectuales y artistas de diversos
orígenes, entre ellos un escritor escocés que se enamoró
de ella sólo con verla, y se lanzó de cabeza, sin salvavidas,
a la corriente salvaje de una pasión imposible. La dama norteamericana,
casada, respetable, fue honesta con él y le desanimó desde
el primer día, implacablemente. Él fingió acatar
las convenciones sociales que le obligaban a guardar las distancias con
la madre, pero se acercó al niño. Te voy a contar la historia
de un muchacho como tú, le dijo una tarde, que se llamaba igual
que tú y vivía, como tú, solo con su madre, en una
posada situada junto al mar, hasta que una noche de tormenta alguien llamó
a la puerta... La señora Osbourne no pudo objetar nada a los paseos
que, día tras día, mantenían a su hijo fascinado,
pendiente de los labios del joven escritor. Tampoco pudo evitar su propia
fascinación, el hechizo que la fue atrapando mientras paseaba con
ellos, por más que aparentara no prestar atención a aquella
chiquillada de piratas cojos y cofres escondidos. Cuenta la leyenda que
cuando el pequeño Jim logró volver a casa, la señora
Osbourne acogió al fin entre las sábanas a su esforzado
autor. Lo cierto es que cuando él publicó una novela titulada
"La isla del tesoro", Fanny era ya la señora Stevenson.
Ya no me acuerdo de quién me contó esta historia, pero siempre
me ha parecido una parábola magnífica, una de las metáforas
más puras, más intensas, de la inocencia auténtica,
esa que suele llevar maquillaje de mujer perversa. Lo que sí recuerdo
es que, desde hace mucho tiempo, tus canciones tienen la virtud de devolvérmela.
Porque existen muchos tipos de seductores, pero sólo uno es interesante.
Ése no está seguro de nada, duda, teme, hasta tiembla por
dentro, y sin embargo, le bastan sus propias fuerzas para buscarse la
vida y llegar antes, y más deprisa, al lugar que codician los demás,
que serán más altos, o más guapos, o más rubios,
o más robustos, pero apenas llegan a inspirar pasiones inciertas,
mucho menos duraderas. Esa es la clase de seductor que fue Robert Louis
Stevenson, y a esa misma clase perteneces tú, quizás en
este disco más que nunca.
No se trata sólo de que yo te admire. Por supuesto que te admiro,
incluso te tengo envidia, que es el grado supremo de la admiración.
Cuando escucho canciones como Yo también sé jugarme la
boca, o Cuando me hablan del destino, y me doy cuenta de que
eres capaz de edificar una historia completa en tres minutos, me retuerzo
de envidia, ya lo sabes. Pero eso no es lo que importa ahora. A veces,
cuando escucho tus canciones, me tropiezo con versos que son como proverbios,
como axiomas, como aforismos o, si lo prefieres, como bofetadas, como
un bombón dulcísimo que se deshace con pereza dentro de
la boca, como una bombilla que se enciende de pronto en una calle oscura.
La belleza... es un barril de cerveza que mata de sed, cantas, lágrimas
de plástico azul rodando por la escalera, telarañas acostumbradas
a hacer noche en el cristal, todavía quedan islas con playas color
azafrán, con dos o tres metáforas en la nuca y una gota
de plomo en el lagrimal, los sabios se retiran del agravio de buscar labios
que sacan de quicio, bajo el sol que me apuñala vivo sin patria
ni dueño, como el aire lo regalan y el alma nunca la empeño,
con las sombras de mis sueños me basta para comer... Si me esforzara,
podría ponerlo en verso, pero quizás ni siquiera así
lograría un efecto parecido a la mención del novillero poeta
con su mujer -tan flaquito, me lo imagino siempre, tan desvalido, tan
lleno de esperanza al mismo tiempo, con su chaquetita de paño,
y su corbata, tan inocente, tan ingenuo, tan poca cosa, el pobre- que,
no sé por qué, me enternece sin motivo alguno, sin ninguna
razón, desde la primera vez que escuché El café
de Nicanor. Y eso sí es lo que ahora importa.
Yo me imagino que lo único que querías, cuando elegiste
tu oficio, era "abrirte paso en el difícil mundillo de la
canción ligera", pero lo cierto es que has llegado mucho,
muchísimo más lejos. No permita la virgen que tengas poder
sobre lágrimas, egos, haciendas, escribes, y sin embargo, y quizás
sin haberlo buscado, atesoras un poder más absoluto que el que
desprecias. Dímelo en la calle, se titula este disco, y
lo más importante, y tú lo sabes, es que te lo van a decir,
que la gente te va a parar por la calle para contártelo, para cantártelo,
para agradecértelo. Porque quizás tú sólo
querías trabajar, triunfar, vender discos, ligarte, tal vez, a
alguna mujer joven, hermosa y mal casada, pero has acabado pintando autorretratos
al portador. Si faltan emociones me las invento, añades, y tus
amantes, tus víctimas, tus fieles, se han acostumbrado a vivir
con las emociones que les regalas, que te inventas para todos pero cada
uno de ellos interpreta y acaricia como si fueran sólo suyas. En
la banda sonora de nuestra vida, junto a las primeras regañinas
de mamá, entre los suspiros que se nos escaparon de la boca sin
permiso, sobre los llantos de nuestros hijos, bajo los truenos que rasgan
las nubes negras, al lado de las palabras de amor sinceras, y de las otras,
en los resquicios que dejan las lágrimas de las despedidas o el
risueño crujido de las sábanas satisfechas, estarán
tus canciones. Porque nos has pintado por dentro, nos has regalado nuestro
propio autorretrato, y aún creemos que lo hemos dibujado nosotros
solos.
Los piratas cojos y los cofres escondidos saben de tesoros que maduran
a la sombra de un limonero.
Texto:
Almudena Grandes
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